Telesforo Aranzadi Unamuno

Antropólogo contemporáneo vasco, nacido en Bergara en el año 1860 y fallecido en 1945.

LA ANTROPOLOGIA CULTURAL EN ARANZADI

Sus primeros estudios fueron los farmacéuticos, en los cuales se doctoró en Madrid en 1882. Al tiempo de obtener el doctorado y sobre todo a partir de 1887 -año de la creación de una sección de antropología en el museo de Historia Natural de Madrid- comenzó a interesarse por la Antropología, ciencia que había de absorberle durante toda su vida a pesar de los múltiples campos que llamaron también su atención tales como la botánica, el dibujo, la música, la etnología, la paleontología, etc. En 1889 se doctoró a su vez en Ciencias Naturales. Era primo del célebre Miguel de Unamuno compañero suyo cuando ambos preparaban distintas oposiciones en Madrid -Aranzadi de Historia Natural y Unamuno de Psicología-.

Su labor de investigador se dio pronto a conocer, incluso en sus años de estudiante, logrando en estos tempranos años un premio extraordinario por el "Estudio sobre los insectos vesicantes aplicados a la farmacia". Años más tarde, centrado por completo en sus estudios antropológicos, su nombre ya era conocido en el extranjero. En 1891, a los 31 años de edad, obtuvo el premio de la Sociedad Antropológica de París por su trabajo "El pueblo euskalduna", uno de los primeros trabajos dedicados al estudio científico de la estirpe vasca desde el punto de vista antropológico.

En 1895 logró la cátedra de Mineralogía y Zoología de la facultad de farmacia de la Universidad de Granada, ciudad en la que residió durante algunos años, y más tarde la cátedra de Botánica descriptiva en Barcelona, universidad de la que fue decano hasta 1907, año en que los disturbios estudiantiles le hicieron abandonar el cargo.

En 1897 le fue otorgado el premio de la Real Academia de Ciencias por su meticuloso trabajo "Setas y hongos en el País Vasco". La Sociedad Imperial de Amigos de la Historia Natural, Antropología y Etnografía de Moscú le nombra, en 1910, miembro titular; dos años más tarde, 1912, es socio honorario de la Asociación Dactiloscópica Argentina.

Hombre de pequeña estatura, cojo y de aspecto débil, Aranzadi no por ello dejó de dedicarse a las exploraciones prehistóricas directamente. El 15 de agosto de 1917 conoce a Barandiarán, al que llevaba 30 años de edad y muchos de experiencia; por esas fechas comienza su labor conjunta y la primera excavación de ambos, junto con el Dr. Eguren, de los dólmenes del Aralar. Barandiarán nos da a conocer uno de los rasgos más interesantes de su compañero:

"No era amigo de tomar las teorías por la realidad. Mediante la investigación, procuraba ponerse en relación con las cosas, sin fiarse demasiado de las hipótesis".

Esta exploración subvencionada por la Diputación de Gipuzkoa y Bizkaia, Sociedad de Estudios Vascos y Comisión de Monumentos de Navarra, fue la primera etapa de una vasta labor de más de 20 años de sucesiva exploración que proporcionó a Aranzadi interesantísimos datos antropológicos y paleontológicos. Los primeros resultados de la misma fueron recogidos en el primer volumen del Anuario de Eusko-Folklore, 1921, mereciendo los elogios de los etnólogos europeos más importantes.

En años sucesivos fueron explorados los centros prehistóricos del Aitzgorri, Ataun-Borunda, Alzania, Elosua-Placencia, Urbasa, Enzia, Belabieta, Auritz, Aurizperri, Kalamúa, Basagaña, yacimientos de Santimamiñe, Lumentxa, Ermittia, Polvorín, Bolinkoba, Silibranka, Atxurra, Urtiaga y cuevas artificiales de Álava, por no citar más.

Su defecto físico no le impidió recorrer incansablemente todos estos puntos y aun otros de la geografía peninsular, tales como Cataluña, Sierra Nevada, etc. Sus excursiones las realizaba solo o con Ansoleaga, Eguren, Barandiarán, etc., siendo muy de destacar la labor ejecutada conjuntamente con el profesor Luis de Hoyos Sáinz.

En 1919 fue nombrado socio correspondiente de la Sociedad Portuguesa de Antropología y Etnografía, en 1920 catedrático de antropología en la facultad de Ciencias de la Universidad de Barcelona, hasta su jubilación en 1931, y en 1921 miembro correspondiente de la Sociedad Romana de Antropología.

En 1922 viaja a Francia y Alemania (Colonia), junto con Barandiarán y en 1929 a Suiza y Austria con la misma compañía. Entre estos años citados recibe nuevos nombramientos de sociedades científicas mundiales: socio correspondiente de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos y de la cubana de Historia Natural Felipe Poey (1923); académico correspondiente de la Real Academia de la Historia (1924); miembro del Instituto Arqueológico de Berlín (1926); académico numerario de la Real Academia de Ciencias de Barcelona (1927), etc. Es vocal en la Junta Permanente de la Sociedad de Estudios Vascos, colaborador de la Enciclopedia Espasa en la sección de Ciencias Naturales y Antropología, miembro correspondiente de la Sociedad Antropológica de Munich y traductor -ya que conoce las principales lenguas europeas- de las obras de G. de Humboldt, Frizzi y Haberlandt, entre otras.

En 1936 tiene lugar uno de sus principales descubrimientos: hallazgo en Itziar del cráneo vasco más antiguo de todos los descubiertos hasta entonces. Este descubrimiento hizo retroceder la antigüedad del biotipo vasco, según nos refiere Luis de Hoyos, a la época prehistórica (magdaleniense) y fue el objeto de sus últimos trabajos y publicaciones.

Al estallar la guerra pasa a Barcelona, ciudad en la que fallece el 12 de febrero de 1945, a los 85 años de edad.

La producción de Aranzadi fue inmensa. Se pueden contabilizar mas de 300 publicaciones, especialmente sobre antropología, etnografía y prehistoria del País Vasco. Publicó artículos en RIEV, Euskal Erria, Euskalerriaren Alde, Yakintza, Munibe... entre otras. Además de numerosos libros entre los que podemos citar:

Estudio de los insectos vesicantes con sus aplicaciones a la farmacia, Madrid, 1882;

El pueblo euskalduna. Estudio de antropología, San Sebastián, 1889;

Fauna Americana, Madrid, 1892;

Setas y hongos del País Vasco, 1897;

Etnología, Madrid, 1899;

Etnografía: Razas negras, amarillas y blancas, Madrid, 1900;

Antropometría, Barcelona, 1903;

La flora forestal en la toponimia euskera, San Sebastián, 1905;

¿Existe una raza euskara? Sus caracteres antropológicos, San Sebastián, 1905;

El yugo vasco comparado con los demás, SanSebastián, 1905;

Memorandum de botánica descriptiva, Barcelona, 1905;

"Antropología y etnología", en Geografía del País Vasco-Navarro, vol. I, Barcelona, 1911;

De antropología de España, Barcelona, 1915;

Etnografía: sus bases, sus métodos y aplicaciones en España (en colaboracióncon Hoyos Sainz), Madrid, 1917;

El tipo y la raza de los vascos, Madrid, 1919;

Cráneos deVizcaya, Bilbao, 1919;

Los gentiles de Aralar, Bilbao, 1919;

Atlas de hongos comestibles y venenosos, Barcelona, 1923;

Etnografía Vasca, Pamplona, 1923;

Exploraciones prehistóricas de las provincias vascas, San Sebastián, 1928;

Aperos de labranza, Barcelona, 1930.

Idoia Estornés Zubizarreta

Auñamendi Eusko Entziklopedia

GIPUZKOA (SOCIEDAD TRADICIONAL)

Arquetipos (I).

Las características apuntadas hasta el momento pueden verse encarnadas en algunos arquetipos. Veamos éstos.

El temple, el coraje y la tenacidad aparecen como elementos principales en el carácter de las mujeres desde muy antiguo. En el siglo XIV tenemos a la hermana de Milla de Lastur que habiendo muerto Milia de parto, se dirigió de Deva a Mondragón a reivindicar la memoria de su hermana y trasladar sus despojos a Lastur. Sus endechas euskéricas, sus reproches al viudo Pero García de Oro, abren una polémica, al estilo del bertsolari, con la hermana de éste. Las dos se disputan. La hermana de Milia acusa también al pueblo de Mondragón de tratar mal a ciertas damas guipuzcoanas: a Ochanda de Gabiola, a María de Balda y a su propia hermana Milla de Lastur. Es realmente una denuncia de malos tratos, una poesía realista, en el euskara de su época, en defensa de la mujer guipuzcoana, que se supone de 1450.

Lope de Aguirre. Unamuno, nuestro gran polígrafo bilbaíno de ascendencia guipuzcoana, prometió un estudio sobre el polémico personaje oñatiarra. No lo realizó al parecer, pero merece la pena conocer el texto de su promesa:

"El alma torturada y tenebrosa de Lope de Aguirre, el Peregrino, el domador de potros, merece un estudio detenido. Tanto como la de Caín, o la de Judas, o la de César Borgia. El que escribe estos apuntes piensa hacerlo. Pero le da miedo y vértigo. Le da miedo y vértigo porque Lope de Aguirre era paisano suyo, de Oñate, villa muy cercana a la de sus padres y abuelos y en la misma provincia, y porque uno de sus tatarabuelos, el abuelo materno de su abuela paterna, era un Aguirre. Mas es preciso zahondar en todas las simas del alma, hasta en las de fango hirviente y venenoso. Es la manera de despertar la compasión redentora."

Unamuno ya se había formulado esta tremenda pregunta sobre su paisano, paisano que hasta podía ser su pariente: "¿Cómo se ha hecho el silencio en torno a este asombroso demonio, de este formidable ángel caído, de este trágico desesperado que pasó fuliginoso meteoro por la historia tormentosa de nuestra conquista del Perú y se ha perpetuado la memoria de otros, si no más grandes como caracteres, no menos repulsivos en el orden moral? El zuberotarra Agustín Chaho intenta penetrar también en el misterio de Lope de Aguirre (Chaho):

"Las memorias contemporáneas nos han transmitido el nombre del guipuzcoano De Aguirre, cargado de una crítica severa, muy merecida por los furores de este salvaje aventurero. Habitó mucho tiempo en Lima, donde murió su mujer dejándole una hija única de 16 años, dotada de una rara belleza. Aguirre rumiaba ya en su espíritu designios tales que sólo el genio vasco puede concebir. No proyectó nada menos que arrojar a los castellanos del Perú, rindiendo a ese magnífico imperio su antiguo lustre y su independencia, así como reservar para su hija el resplandeciente trono de los Incas. Aguirre amaba entrañablemente a su niña, y este sentimiento le hace menos odioso, extendiendo mayor interés al drama tempestuoso de su vida."

Iñigo de Loyola. Alguien lo vio así: "Un día de invierno por un camino de Castilla, marchaba a pie un hombrecillo flaco y pobremente vestido, cojo, y de facha enfermiza. A su vera un asnillo cargado de escribanías, atados de papeles y libros". Nadie diría que tanta parvedad, tanta pobreza, ocultara un espíritu apostólico ardiente, un espíritu de empresa que daría al mundo la institución más pujante y poderosa del mundo cristiano, baluarte del papado ante la reforma luterana. De apariencia tan ínfima, Iñigo de Loyola señalaría al Pontificado un camino de salvación con sus Ejercicios Espirituales, un fundamento institucional con las Constituciones; un ejemplo a seguir con su prodigiosa actividad; una capacidad de fe y sufrimiento que lo eleva victorioso sobre procesos y encarcelamientos; un don de persuasión y diálogo que le hace salir airoso de sus entrevistas con papas y otras dignidades de la Iglesia, hasta lograr la aprobación papal de su obra. Vivió en la Europa del Renacimiento, en el tiempo de Miguel Angel, Rafael Urbino y el Tiziano, los dioses del arte. Su gran pasión es la defensa del pontificado, la recuperación de las regiones cristianas atacadas por el protestantismo, Austria, Alemania y en general la Europa nórdica. Su plan de recuperación minucioso, desde los niños a las altas dignidades, de captación individual, pero de proyección universal, como toda su obra.

Ruiz Añíbarro sintetiza y perfila lo esencial del carácter del gran guipuzcoano Juan Sebastián de Elcano. Si se incorporase en su tumba para contemplar su pueblo natal, es seguro que lo reconocería al punto a pesar de haber transcurrido varios siglos desde su muerte. Los incendios y destrucciones de 1597, 1813 y 1836 no aniquilaron el espíritu de sus habitantes. La villa resurgió siempre de sus propias cenizas con igual trazado e idéntica fisonomía, animada de un terco afán de supervivencia. Su núcleo primitivo se ha mantenido como anclado en el tiempo. En un plano antiguo de la villa se señala el lugar donde se alzó la casa de Elcano, destruida por el incendio de 1836. Persisten allí sus ruinas, trozos de paredes semejantes a muñones mondados por las ventiscas. Se hallan esas ruinas sobre lo alto de un acantilado orientado al Norte, y en el fondo, al pie de las mismas, el mar impetuoso ruge su canción perenne y grandiosa. Ningún lugar parece más indicado que aquel para la cuna de un hombre que en el mar había de hallar su gloria y su tumba. En el atrio de la iglesia parroquial, mohosa de siglos, existe todavía una losa sepulcral ya muy gastada en la que puede descifrarse el siguiente epitafio: "Esta es la sepultura del insigne capitán Juan Sebastián Elcano, vecino y natural de esta noble y leal villa de Guetaria, que fue el primero que dio la vuelta al mundo en el navío La Victoria, y en memoria de este héroe animoso mandó poner esta losa D. Pedro de Echave y Azu, Caballero de la Orden de Calatrava. Año 1671. Rueguen a Dios por él". Sin embargo todo el mundo sabe que su sepultura fue el gran Océano Pacífico. Guetaria, celosa de su gloria, de poseer el marino más ilustre de su tiempo, le guarda un sitio sagrado, el lugar donde debería reposar.

La donostiarra Catalina de Erauso, la "Monja alferez", desde muy joven muestra su entereza, su afán de aventura, audacia y tenacidad. Desde su fuga del convento de San Sebastián, siendo muy joven, hasta morir de arriero en Méjico se cumple un periplo extraordinario, como soldado, ocultando su sexo, sólo descubierto en momentos cruciales, ante las autoridades de la Iglesia, para salvar su vida. En la Araucania chilena prueba su extraordinario valor volviendo al campamento acribillado su cuerpo de lanzadas y flechazos, pero con la bandera arrebatada al cacique indio a quien había dado muerte. Este acto heroico le valió el grado de alférez. Luego, su intervención en pendencias continuas la abocó a emprender su tremenda huida a través de la cordillera de los Andes. Muertos sus compañeros y sus caballos, llegó a tierra habitada exhausta, en un alarde de resistencia y tenacidad.

Juana de Asbaje, mejicano-vergaresa del siglo XVII. Hija de Pedro de Asbaje, de Vergara, en Guipúzcoa, conocida por Sor Juana Inés de la Cruz y también por el "Fénix de México". Su belleza, ingenio y donosura brillaban en la corte virreynal. En palacio se dedicó intensamente a estudiar las disciplinas universitarias. Como no se permitía el acceso de las mujeres a la Universidad quiso hacerlo vestida de hombre, pero tuvo que desistir. Fue sometida a examen público de todas las facultades ante 40 profesores de la Universidad, teólogos, humanistas, filósofos y matemáticos, y fue motivo de general asombro. Este aumentó cuando en la plenitud de sus facultades decidió ingresar en el convento, como Sor Juana Inés de la Cruz. Escritora brillante en prosa y en verso. Por su defensa de los derechos de la mujer, Juana, "la décima musa" también, es la adelantada y fundadora del feminismo mundial. En la plenitud de su triunfo literario surgió la "Carta Athenagórica", que rebate públicamente algunos conceptos del P. Vieira en su sermón de Jueves Santo de 1650. Había contestado al orador sagrado más formidable de su tiempo en el extenso mundo hispanolusitano de América. Las jerarquías intentaron aislarla. El mundo de las letras del continente se conmocionó. Sor Juana se defendió con la claridad y gracia habituales. Notemos que su alma era también generosa y no olvidaba su lengua paterna. Presentamos una muestra, cuya segunda estrofa está dedicada a la virgen de Aránzazu:

Nadie el vascuence mormure

que juras a Dios eterno,

que aquesta es la misma lengua

cortada de mis abuelos.

Guacen galanta, contigo

guacen nere lastana que al cielo toda Vizcaya (P. Vasco)

has de entrar.

Idoia Estornés Zubizarreta

Antonio Zabala Etxeberria

GIPUZKOA (SOCIEDAD TRADICIONAL)

Arquetipos (II).

Retrato de Zumalacárregui por J. Augustín Chaho. "El Independiente", sobrenombre que se da el mismo Chaho, fue guiado en su marcha por una aparición que chocó con sus miradas:

Un hombre envuelto en capa negra acababa de escalar la cumbre de una altura vecina y se hallaba de pie con inmovilidad de estatua sobre el pedestal, exagerada su estatura por el resplandor de la luna, que proporcionaba a su actitud algo de broncíneo y dejaba ver claramente la punta de su espada sobresaliendo a lo largo de la capa. El Independiente, sofocado pero jovial, llegó pronto hasta él para saludarle respetuosamente con donaire que equivalía a decir "héme aquí" y, tomando la mano que el guerrero le tendió silenciosamente, descendieron juntos la colina del lado este para detenerse en una meseta. El Hombre de la Gran Espada -Zumalacárregui- fumando gravemente su cigarro, arrojó su capa sobre un banco de peña y se sentó fijándose con expresión indefinible en el joven que se hallaba de pie frente a él. Ambos guardaron silencio durante algunos instantes. El joven se complacía en examinar la amplia boina del guerrero, su pantalón encarnado y su zamarra agujereada por las balas, pero el examen alcanzó poderoso interés cuando descansaba la vista sobre el semblante viril y severo del Hombre de la Gran Espada. "Si -me decía-, esos bigotes bravíos esos labios móviles, esa nariz pronunciada, esos ojos grises, brillantes bajo cejas espesas, como las de un tigre, le hacen parecerse a Cromwell; pero la barbilla breve y seca, los pómulos óseos, la frente alta y descubierta acusan con más energía y resolución el valor caballeresco y la franqueza del soldado que caracterizan al libertador de Navarra. Su fisonomía no presenta ningún indicio de sombrío misticismo ni del fondo astuto del inglés, ofreciendo hasta alguna semejanza con la cabeza sajona de Blucher" . Y abandonando de lado el trabuco con que se presentó armado, ante la invitación del Hombre de la Gran Espada, tomó asiento el Independiente, a su lado y sobre la misma peña".

Esta entrevista se realizaba -según propio relato- en los montes de Lecumberri, en el valle de Larraun, de Navarra.

El bardo José M.ª Iparraguirre. El escritor pasaitarra Y. Ruiz Añíbarro se ha ocupado galanamente de su paisano:

Afrontaba su última hora J. M.ª Iparraguirre en su habitación del caserío Zozobarro en el pequeño pueblo de Gabiria, en la verde Guipúzcoa, adonde se había retirado después de sus últimas andanzas, a los pocos años de regresar a su país del Uruguay. La muerte tenia prisa y se lo llevaba rápidamente. El célebre cantor trotamundos apenas si tuvo tiempo de apercibirse ante la acometida. Corrieron varios vecinos ante su lecho al enterarse de que se moría por momentos. Se hizo comparecer ante él a un escribano y a varios testigos requeridos en las mismas huertas y plantaciones de maíz, donde estaban trabajando, bien ajenos a que el gran "arlote" -bohemio- había llegado al limite de su existencia, pues todavía no había cumplido los sesenta años. Era necesario dejar constancia formal de la última voluntad de aquel hombre. En el País Vasco estas cosas se llevan muy seriamente. Era necesario disponer de sus bienes materiales con todas las formalidades establecidas. Pero Joxe Mari no les oía ya. Jadeaba angustiosamente, desasido de las cosas del mundo, en el umbral de la otra vida. ¡Pobre Iparraguirre! Se moría y no podía decir una sola palabra. El escribano trataba de rescatar de entre las garras impacientes de la muerte el testimonio último de aquella voluntad desfallecida. No había hecho testamento. Ni siquiera tenía al corriente su cuenta con la dueña del caserío donde descansó en sus últimos días, donde se proponía escribir sus mejores poemas. No pagó Iparraguirre su última cuenta. Fue esta su última arlotada, su última manifestación de hombre que vivió siempre al margen o por encima de la realidad prosaica que le circundaba. Iparraguirre, que fue un poco fantástico, un poco pintoresco, un mucho vasco y un mucho del mundo, al cantar a la libertad se acuerda de todas las criaturas que ha visto en sus andanzas de trotamundos, de todo lo que vive y alienta bajo el sol. Es el mundo entero el que tiene en su cabeza y en su corazón en el momento de componer el himno. Y su imaginación esparce los frutos de su árbol sobre todo el haz de la tierra. ¿No es su canción el primer himno de carácter universal que se ha escrito?

Pío Baroja. A la pregunta que Miguel Pelai hace a Oteiza sobre el escritor donostiarra, contesta así:

"Me resulta lo opuesto a Unamuno. Baroja nos habla siempre a nuestro lado, escribe a nuestro lado. A mi me emociona por su sensibilidad visual, el equilibrio de la limpieza de su mirada y de su corazón. Es como el modelo en plenitud de sensibilidad y sencillez que yo siento como de hombre vasco y para el hombre vasco. Es el más profundo despertador de nuestra sensibilidad visual para nuestro paisaje, nuestra historia, para nuestra realidad mitológica o esta supuesta que vivimos. Baroja me parece que es más de aquí que nadie, y al mismo tiempo, como si nos hubiera venido de fuera. Tiene algo de artista griego, arquitecto o narrador, pero nacido aquí antes que todos, ya en el aziliense, cuando Unamuno era de los que se iban y Baroja de los que se quedaban."

Zuloaga visto por el irlandés Starkis:

"Poco después bebí unas copas del dorado moscatel con el anfitrión. Don Ignacio Zuloaga es un hombre alto, de complexión fuerte, con hombros musculosos y anchos como los de un atleta. Tiene más de sesenta años, pero su tez sanguínea y su negro bigote le dan la apariencia de un hombre joven. Tocaba su cabeza con la clásica boina vasca inclinada a un lado, cosa que a mi parecer le daba todo el aspecto de un jugador de pelota, sobre todo de uno que yo había conocido en San Juan de Luz..."

En plan de confidencias artísticas, prosigue Starkis:

"Toda mi vida -dijo- tuve pasión por "el Greco". Cuando estaba en París, en 1889, pobre como el Lazarillo de Tormes, viviendo en Montmartre con mi amigo el escultor Paco Durrio, solía privarme del poco dinero que tenia, aunque a veces me costase quedarme sin comer, con tal de ahorrar para adquirir un Greco. La gente se reía de mí entonces por el apostolado que yo hacia por "el Greco"; pero yo, sin hacer caso de sus burlas, a costa de muchos sacrificios iba aumentando mis ahorros para adquirir la obra maestra que me apasionaba." ..: "Venga Ud. conmigo y ahora verá usted una de las últimas obras del enigmático maestro. Diciendo esto me condujo desde la casa a un gran estudio, que se encontraba al otro lado del jardín. Me dijo que cerrara los ojos, sacó el cuadro de la habitación bien acondicionada para guardar el cuadro con seguridad, donde lo tiene, y lo colocó frente a mí. Ahora abra los ojos -me dijo- y contemple este `Apocalipsis' ".

"Orixe" visto por L. Michelena y el P. Justo Mocoroa. Nicolás de Ormaetxea, "Orixe", había nacido en el pueblo guipuzcoano de Orexa, llamado por los naturales Orixe, del que tomó su sobrenombre literario. Sus primeros años transcurren en el cercano pueblo navarro de Huici, ocupado principalmente en las labores del pastoreo en aquellas montañas de la Alta Navarra en que el euskera fluye puro y sin contradicción. Ya mozo ingresó en la Compañía de Jesús. Y allí, en el estudio de las lenguas y literaturas clásicas, como profesor de griego y latín y en sus clases de teología y filosofía, se forma el gran humanista que fue "Orixe", quien nunca dejó, por eso, de ser un hombre esencialmente popular, una de las muchas contradicciones de su carácter en las que, como muy bien dice Luis Michelena, se nos muestra como compendio del humor complejo de un pueblo que no es tosco y sencillo más que en la apariencia. Mocoroa enjuicia así su obra. Respecto a su estructura nos dice:

"En primer lugar, forma parte esencial de él la melodía, desechados una vez más los convencionalismos rutinarios. Es un canto épico de verdad, concebido cantando y destinado a cantar, al modo vasco, ya se sabe que entre nosotros poesía y música se complementaban."

Termina su juicio:

"Obra bella, honrada y fecunda; concebida en la presencia de Dios y oreada por su gracia; su aparición en nuestra tierra será como la del alba de un claro día, que inunda en luz los espacios e hinche de júbilo los corazones. Ella reparará las ruinas de una educación bastarda que venía descastando nuestra raza; y restituirá a los espíritus al culto apasionado de la tradición nacional. El pueblo vasco aún puede salvarse."

José Miguel de Barandiarán visto por Julio Caro Baroja:

"He aquí que ya en la última década del siglo XIX y en una casa rural del Goyerri, de Ataun, nace un niño. Es la familia del niño chapada a la antigua, de labradores guipuzcoanos. El niño queda dentro de ella destinado a la carrera sacerdotal. Todo esto resulta perfectamente común. Pero lo que ya no es común es que el niño se halle dotado de una inteligencia y -a mi juicio- de una sensibilidad aún más rara. El niño escucha a sus mayores; en la lengua vernácula le dan aquéllos cuenta de una serie de creencias, de leyendas, de mitos. Más tarde o más temprano hay que tomar posición ante estas tradiciones orales. EL niño deja de ser niño; llega a sacerdote, estudia ciencias diversas... y "a pesar de todo", encuentra que aquellas viejas tradiciones tienen un gran valor, un inquietante significado espiritual. Todo un mundo mítico y poético se levanta ante él más o menos ordenado, estructurado. La cuestión es ir captándolo bien, ir reflejándolo, en escritos, del mejor modo posible. Ya no está en la época en que fabricaban leyendas románticas a base de leves fragmentos cogidos de aquí y allá, leyendas adaptadas al gusto de la burguesía ciudadana. Hay que recoger las cosas de otra forma y presentarlas con el mayor rigor, sin subjetivismos ni retórica. Barandiarán recoge, en los altos de Urbia, en las chabolas de Aralar, de las sierras de Urbasa y Encia, en los caseríos de Guipúzcoa y Vizcaya, del Labourd y de la Basse-Navarre, en las aldeas alavesas, un cúmulo impresionante de lo que, modestamente, llama "materiales". Son bastante más de cuarenta años los que lleva metido en esta tarea de recogida, que alterna o combina con prospecciones arqueológicas y excavaciones de cuevas, dólmenes, etc. El mundo prehistórico fósil, seco, muerto, de una pobre materialidad, se ilumina y vivifica a su vista, gracias a lo que aún está en torno a él, es decir, en torno a la cueva sombría, el dolmen solitario, el círculo de piedras mal famado. Si: poéticamente habita el hombre..."

También es guipuzcoano el delicado y urbano poeta Xabier de Lizardi, José M.ª de Aguirre, nacido en Zarauz en 1896 y residente en Tolosa desde los diez años. Universitario y militante nacionalista, hombre de cultura sintonizando con los movimientos literarios de su época, muerto prematuramente en 1933. Respecto a cómo tomar la vida nos dice:

Biarr?... Gogapen txarrok

urrun! Egun banari

gau bat darraikio

egiñaz atsartzeko,

ez eginkizun arren,

orde kezkatzeko.

¿Mañana? Aléjate mal pensamiento

a cada día le sigue una noche

para descansar de lo hecho.

No para que nos inquietemos

pensando en lo por hacer.

Idoia Estornés Zubizarreta

Antonio Zabala Etxeberria

lunes, 29 de junio de 2009

Miguel de Unamuno – Sonetos

A mi buitre

Este buitre voraz de ceño torvo
que me devora las entrañas fiero
y es mi único constante compañero
labra mis penas con su pico corvo.

El día en que le toque el postrer sorbo
apurar de mi negra sangre quiero
que me dejéis con él solo y señero
un momento, sin nadie como estorbo.

Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía,
mientras él mi último despojo traga,
sorprender en sus ojos la sombría

mirada al ver la suerte que le amaga
sin esta presa en que satisfacía
el hambre atroz que nunca se le apaga.

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